Para cualquier argentino, la distancia entre Buenos Aires y Bariloche o Iguazú no se mide en kilómetros, sino en cuánto le queda del sueldo después de pagar el alquiler. En los últimos diez años, volar en Argentina dejó de ser un plan de vacaciones para convertirse en una ingeniería financiera que pocos logran resolver. Lo que antes era un "nos vamos el finde", hoy es una meta que requiere meses de ahorro y, muchas veces, resignación.
Si miramos hacia atrás, a marzo de 2016, las cifras parecen de otro planeta. En aquel entonces, un pasaje ida y vuelta a Bariloche se conseguía por unos $2.500. Hoy, en este marzo de 2026, el mismo ticket promedia los $150.000, llegando a superar el doble si no lo sacaste con meses de anticipación. Estamos hablando de un aumento que supera el 4.300%.
Para entenderlo mejor: en 2016, con el billete de mayor denominación de ese momento (que era el de $100), necesitabas 25 "Evitas" o "Rocas" para volar al Sur. Hoy, con el billete de $20.000 recién salido del horno, necesitás casi ocho para el mismo tramo, y eso si tenés suerte de encontrar una oferta.
Pero el dato que realmente te explica por qué el aeropuerto te queda lejos es el Salario Mínimo. En 2016, un sueldo mínimo te alcanzaba para comprar casi tres pasajes a un destino nacional principal. Hoy, un trabajador que gana el mínimo necesita más de un sueldo entero solo para pagar el traslado de ida y vuelta a una provincia vecina, sin contar el hotel, la comida ni los traslados. Básicamente, el país se nos volvió "caro" a nosotros mismos.
El problema de que los pasajes sean inalcanzables es que Argentina se "desconecta". Cuando un chico de Salta no puede venir a Buenos Aires, o un abuelo de Comodoro Rivadavia no puede visitar a sus nietos porque el pasaje cuesta lo que una jubilación entera, el país se rompe un poco.
La conclusión es clara y no necesita términos científicos: en una década, viajar por nuestro propio suelo pasó de ser un derecho a ser un privilegio. Tenemos los mismos aviones, los mismos aeropuertos y las mismas ganas de conocer nuestro país, pero nos falta lo más importante: un peso que no se desintegre antes de llegar a la ventanilla de embarque. El cielo sigue ahí, igual de azul, pero para el bolsillo del argentino, cada vez queda más lejos del suelo.