Mucho antes de que existieran los bancos centrales modernos, Richard Cantillon observó un fenómeno que explica perfectamente por qué la inflación en Argentina ha profundizado la desigualdad durante décadas: el dinero nuevo no llega a todos al mismo tiempo ni en las mismas cantidades. El Efecto Cantillon describe cómo los primeros receptores del dinero recién emitido (el Estado, los bancos y los contratistas directos del gobierno) pueden gastar ese dinero antes de que los precios suban. Para cuando ese dinero llega al bolsillo del jubilado o del trabajador informal en el conurbano, su poder de compra ya ha sido devorado por la subida de precios que provocó la emisión original.
En la Economía Criolla, este efecto ha sido el motor de una transferencia de riqueza masiva y regresiva. Mientras el "círculo rojo" vinculado al poder político accedía a créditos a tasas reales negativas o a subsidios directos, el ciudadano de a pie veía cómo su salario perdía la carrera contra la góndola. La inflación no es un impuesto parejo; es un impuesto que castiga al que más lejos está de la "maquinita". Por eso, la lucha por el equilibrio fiscal y el fin de la emisión no es solo una medida contable, es una medida de justicia social básica.
Cortar la emisión monetaria significa, en esencia, terminar con el privilegio de los pocos que se benefician de la inflación. Cuando el gobierno actual decide "cerrar el grifo", está rompiendo el mecanismo de extracción que permitió que la política viviera por encima de sus posibilidades a costa del ahorro de la gente. El fin del Efecto Cantillon es el primer paso para que el sistema de precios vuelva a ser honesto. Solo en una economía donde el dinero mantiene su valor, el esfuerzo de quien trabaja hoy tiene el mismo peso mañana. La estabilidad monetaria es la verdadera política de inclusión, porque protege al eslabón más débil de la cadena económica.