El Banco Central ha mantenido una política monetaria de "torniquete", limitando la cantidad de pesos que circulan, lo que ha planchado el valor del dólar. Sin embargo, este éxito estadístico tiene un costo oculto: la recesión.
Los precios están subiendo más lento no solo porque haya un orden macroeconómico, sino porque el consumo ha caído. Cuando la gente deja de comprar, los comerciantes se ven obligados a frenar los aumentos para no perder las pocas ventas que les quedan. Es lo que los economistas llaman "desinflación por falta de demanda".
Hay dos factores que impiden que este descenso de la inflación se traduzca en un alivio inmediato para el bolsillo:
Aumentos regulados: Mayo llegó con ajustes en medicina prepaga, agua y transporte público. Estos servicios no dependen de la "oferta y demanda" diaria, sino de contratos que vienen corriendo de atrás a la inflación pasada.
El fantasma del petróleo: Como vimos en el análisis anterior, el conflicto en Medio Oriente mantiene el precio del combustible en una zona de riesgo. Si YPF y el resto de las petroleras deciden trasladar el costo internacional al surtidor, ese "1%" de inflación de mayo podría transformarse rápidamente en un "3%" en junio.
Un dato inquietante de los últimos informes de la Universidad Di Tella revela que la percepción de la inflación varía según quién responda. Mientras que los sectores de mayores ingresos ya ven una normalización y planean inversiones, en los hogares de menores ingresos la expectativa de inflación sigue siendo alta (cerca del 35% anual).
Esto sucede porque los alimentos —el gasto principal de las familias humildes— han subido por encima del promedio general, y la morosidad en los préstamos y tarjetas de crédito ha alcanzado niveles récord.
En pocas palabras: Argentina está logrando "enfriar" la fiebre de los precios, pero el paciente (la economía real) todavía se siente débil. El desafío de mayo no es solo que la inflación empiece con "1", sino que los salarios finalmente le ganen la carrera a la góndola.