A menudo se olvida que Adam Smith no era solo un economista, sino un filósofo moral. En La Riqueza de las Naciones, Smith no defendía el egoísmo ciego, sino el sistema de "Libertad Natural". Su tesis era revolucionaria: si dejamos que cada persona busque su propio bienestar en un marco de justicia y competencia, el resultado neto para la sociedad será superior a cualquier plan diseñado por un monarca. Argentina, durante el último siglo, probó exactamente lo opuesto: un sistema mercantilista donde el éxito dependía de la cercanía al poder, los subsidios cruzados y las protecciones arancelarias que beneficiaban a unos pocos a costa de todos.
El concepto de la Mano Invisible es especialmente potente para analizar el potencial de la Argentina actual. Tenemos sectores con ventajas competitivas naturales —el campo, la energía en Vaca Muerta, la minería de litio y el software— que han sido históricamente "ordeñados" por el Estado para sostener un modelo de consumo artificial. Smith diría que al imponer retenciones o cepos, el gobierno no está "redistribuyendo riqueza", está impidiendo que la riqueza se cree en primer lugar. Está rompiendo la conexión natural entre el esfuerzo y la recompensa.
La desregulación y la apertura comercial que hoy se debaten no son concesiones a las grandes empresas; son actos de justicia para el consumidor. Smith fue un crítico feroz de los monopolios y de los "acuerdos entre mercaderes" para subir precios. Él sabía que la única forma de bajar el costo de vida es a través de la competencia feroz. Si un productor de ropa en Buenos Aires está protegido de la competencia internacional por un arancel del 100%, no tiene incentivos para mejorar. El resultado es ropa cara y de mala calidad para 46 millones de argentinos.
El nuevo contrato social que proponemos desde Economía Criolla es volver a los principios de Smith: un Estado que se ocupe de la seguridad, la justicia y las reglas claras, y que deje que el ingenio del productor agropecuario, el comerciante de barrio y el exportador de servicios haga el resto. La riqueza de Argentina no está en las reservas de oro del Banco Central, sino en la capacidad de su gente para intercambiar libremente. Cuando permitimos que la "mano invisible" coordine nuestros esfuerzos, pasamos de ser una economía de suma cero (donde para que uno gane otro tiene que perder) a una economía de crecimiento real, donde el bienestar de uno potencia el del vecino.